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Columnas

Brasil: esperanza y …¿progreso?

A primera vista, el impeachment a la presidenta Dilma Rouseff sería la consecuencia de los problemas económicos por los que transita Brasil desde hace algunos años. Por ejemplo, en 2015 el PIB cayó 3.8% y se espera que en 2016 lo haga en una cifra similar. La inflación llegó el año pasado a empinarse sobre el 10%, y la tasa de desempleo se empinaría sobre el 10% en las próximas mediciones.

¿Cómo han reaccionado los privados a este escenario económico? Las empresas están llevando adelante un ajuste durísimo en sus decisiones de inversión. En 2014 cayó más de 4%, mientras que en 2015 lo hizo en más de 14% y para 2016 se espera una nueva caída de más de 12%. Duro también, está siendo el impacto en los bolsillos de los ciudadanos brasileños: el consumo privado, tanto en 2015 como en 2016, estaría cayendo algo más de 4% por año. Entonces – como era de esperarse en un escenario de caídas de ingresos- los privados se han ajustado disminuyendo sus gastos y sus inversiones. Hay otros países que no han reaccionado de esa forma, y han seguido gastando más que sus ingresos por medio de endeudarse con el exterior. Se mantienen en ese caso en una “fiesta de consumo” hasta que el resto del mundo les corta el endeudamiento, obligándolos a ajustar sus gastos bruscamente. Este es el típico ejemplo de una crisis de balanza de pagos, que tiene muchos costos porque generalmente va de la mano de un brusco aumento del desempleo y de quiebras de empresas nacionales. En Brasil, esto no ha sido así. Los fuertes ajustes en el gasto de los privados han permitido que las cuentas externas de Brasil estén en equilibrio, lo que aleja la posibilidad de una crisis de balanza de pagos.

¿Están solucionados los problemas de Brasil entonces? No, estamos aún muy lejos de ello. Si bien, no hay desequilibrios en la balanza de pagos, el problema es el fisco, que mantiene un enorme déficit de casi 10% del PIB y cuyo manejo se ve difícil de realizar por varias razones. La primera de ellas es que la carga correspondiente a los pagos por intereses de deuda es muy alta (cerca de 7% del PIB). Este es un componente muy rígido y obviamente bastante inevitable. En segundo lugar, el ajuste será muy doloroso para la ciudadanía. Y claro, entre otras medidas que están en el ambiente se encuentran revisar los beneficios de pensiones, o eliminar la indexación del salario mínimo, poniendo además un techo nominal para el crecimiento del gasto público (hace unos días, el presidente interino anunció una enmienda constitucional en ese sentido).

Este último tipo de ajuste requerirá un fuerte sustento político en el parlamento para poder aprobarlo (dos tercios de los votos). Aunque puede haber señales políticas que sugieren cierto sustento para esta salida, creo que hay razonables dudas para pensar que esto sea finalmente así. Por ejemplo, hay que poner de acuerdo a muchos partidos políticos debido a la fuerte fragmentación en el parlamento (27 partidos); pero, además, puede haber muy pocos políticos que quieran pagar los costos de estas medidas, sobre todo considerando que Brasil tendrá elecciones municipales en octubre de este año y elecciones presidenciales en 2018. Lamentablemente el horizonte de tiempo político es bastante corto y lo más probable es que antes de las elecciones veamos sólo los costos sociales de estas medidas pero no los beneficios, que tienden a ser de más largo plazo. En ese caso, pocos son los incentivos que tienen los políticos para implementarlas.

Las señales que han dado las nuevas autoridades económicas acerca de lo importante de las reformas fiscales son importantes y han abierto la esperanza de retomar el camino del progreso económico. Sin embargo, para que ese escenario sea una realidad es vital ver lo que sucederá en el Parlamento, y esto es por el momento una incógnita.

Al final del día, el progreso económico y las reformas fiscales dependen de la solución política. Tal vez ese sea el drama de la situación: la fragmentación política debe dar espacio a la implementación de medidas económicas poco populares, lo que dificulta su viabilidad.

En el corto plazo, hay un respiro que viene del lado de la inflación, que llegó a empinarse por arriba del 10% el año pasado, pero que ha empezado a amainar de la mano de la deprimida demanda agregada y del control de costos que están llevando adelante empresas en Brasil. Esta menor inflación puede darle algo de piso al entrante presidente del Banco Central para evaluar una baja de tasas de interés, lo que permite un escenario algo más benigno, pero en ningún caso suficiente para retomar tasas de crecimiento importantes. Sin embargo, no porque se disminuya la tasa de interés, los privados aumentarán el consumo y la inversión, sino que será muy relevante lo que ocurra con la confianza empresarial y el desempleo; y, por lo menos, la primera de ellas estará nuevamente muy influida por el camino que tome el proceso político en el corto plazo.

La dirección de la economía de un país está muy determinada por su sistema político y Brasil no es la excepción. Los escándalos de corrupción, el enorme aumento del gasto público de la última década y el desencanto de su población le está pasando la cuenta a la otrora potencia sudamericana y, de paso, a toda la región. Ahora, los signos de esperanza llegaron de la mano de las nuevas autoridades económicas que confían levantar al gigante caído en su camino al progreso, pero al final, gran parte de la salida de la crisis económica dependerá de la respuesta del proceso político … habrá que esperar.