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Columnas

Calidad de la educación inicial: Un desafío país

“…la ciencia basada en evidencia indica que el elemento que más predice los resultados en los niños viene del proceso, específicamente de la calidad de las interacciones docente-niños…”.

Columna escrita por el Consejo Asesor para la Calidad de la Educación Parvularia conformado por Raquel Bernal, Marta Edwards, Jennifer Locasale-Crouch, Florencia López-Boo, Carolina Melo y nuestro investigador Sergio Urzúa.

El consenso es global: El aseguramiento de la calidad de la educación debe ser una prioridad para las políticas públicas, particularmente en la primera infancia.

La evidencia ha demostrado que los primeros años del ser humano son esenciales para su desarrollo. Múltiples estudios internacionales, en distintas áreas de las ciencias, confirman el principio. Las intervenciones tempranas pueden tener efectos de largo plazo sobre la salud, resultados educacionales, el mercado laboral, reducción de la pobreza y delincuencia, mayor participación cívica, entre otras dimensiones. Incluso, estudios recientes muestran que estos beneficios se traspasan entre generaciones. Hija/os de individuos que cuando niña/os participaron de programas de educación temprana de calidad tienen múltiples ventajas respecto de descendientes de personas que no participaron de estos. Así, la educación temprana puede ser una herramienta poderosa para combatir la transmisión intergeneracional de la desigualdad.

Adicionalmente, la investigación de las últimas décadas señala que la magnitud de los beneficios asociados a la participación en programas de educación temprana depende fundamentalmente de la calidad de esas experiencias. Por lo tanto, no cualquier jardín infantil o sala cuna puede igualar la cancha. De hecho, la asistencia a programas de baja calidad no solo no trae resultados positivos, sino incluso puede tener consecuencias negativas para el desarrollo y aprendizaje de los menores. Cabe entonces preguntarse: ¿ de qué hablamos cuando hablamos de calidad?

Los esfuerzos científicos en este tema han permitido separar los elementos de calidad en, al menos, dos grandes áreas: estructurales y de proceso. Los primeros son aquellos que tienen relación con el qué, quién y dónde se lleva a cabo el proceso educativo. Esto incluye una diversidad de materias, que van desde infraestructura y recursos humanos, hasta currículum y estándares educativos. Los elementos de proceso, por su parte, tienen que ver con aquellos que responden al cómo se desarrolla el proceso educativo. Así, su foco está en entender cómo los educadores interactúan continuamente con los niños y cómo hacen uso de los elementos estructurales disponibles.

¿Cuál es la macro-área más importante? La respuesta es compleja, pero la ciencia basada en evidencia indica que el elemento que más predice los resultados en los niños viene del proceso, específicamente de la calidad de las interacciones docente-niños. Las dimensiones estructurales, en este sentido, son efectivas en la medida que los docentes puedan aprovecharlas para mejorar sus interacciones. El resultado, entonces, apela al sentido común: sin educadores preparados, no hay educación de calidad.

Un estudio reciente de la OCDE (2018), que examinó datos de 44 experiencias internacionales de educación temprana, ratifica la importancia de la calidad de las interacciones en el aula, identificándola como la dimensión más fuertemente relacionada con el aprendizaje y desarrollo infantil. El mismo estudio identifica también elementos estructurales que tienen relación directa con la calidad de dichas interacciones, como lo son la proporción niños-adultos, la formación inicial docente, la presencia de sistemas de medición y monitoreo de calidad, y la participación de los educadores en programas de perfeccionamiento profesional. Es importante notar que variables convencionalmente consideradas por los hacedores de política como “señales” de calidad, por ejemplo la experiencia de los educadores y el número de menores por aula, no cuentan con evidencia concluyente. Esto demuestra, por un lado, la importancia de mantener a las políticas públicas conectadas con los avances en las ciencias. Por otro, recuerda el rol de los investigadores en la construcción, implementación y evaluación de las políticas públicas.

¿Cómo asegurar que la educación temprana sea un pilar del proceso de desarrollo? Los esfuerzos técnicos, políticos y financieros deben estar puestos en el aseguramiento de su calidad. La formación continua de educadores, el mejoramiento de los programas desde donde egresan, la atracción de mejores profesionales a comunidades educativas con menores más vulnerables, la construcción y medición de estándares de la calidad desde los primeros niveles, son desafíos en todo el mundo, y Chile no es una excepción. Una poderosa agenda en esta línea asegura que la primera infancia no sea un consensuado lugar común, sino un pilar estructural del desarrollo del país.

La instalación de un Sistema de Aseguramiento de Calidad (SAC) en este nivel, parte de la agenda del Ministerio de Educación, será un importante paso en esta dirección.

Columna publicada por El Mercurio. Fue escrita por el Consejo Asesor para la Calidad de la Educación Parvularia que es presidida por nuestro investigador Sergio Urzúa