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Columnas

El contrato social de la Matadero Palma

Quizás sea un placer culpable, pero me fascinaba viajar en micro a la hora del taco en el Santiago de comienzos de los 90. Los buses eran multicolores, la habilidad del chofer por seleccionar la radio más cebolla solo era comparable con su malabarismo para contar monedas y cortar boletos a la vez, las esperas eran eternas, subirse requería grandes esfuerzos atléticos y para qué hablar del heroísmo de viajar en la pisadera. ¿Dónde estaba lo fascinante de la experiencia?

Si tiene más de 35 años, seguro recuerda esos precarios viajes. Sí, el sistema de transporte era una locura, pero incluía una perla, un monumental ejemplo de la honestidad de ese Chile de 9 mil dólares de ingreso per cápita: el pagar el pasaje.

En aquel entonces era común subir a las atestadas micros por la puerta trasera. La acción traía consigo un problema económico no menor: ¿cómo hacer llegar las monedas al chofer? La virtuosa solución combinaba honestidad individual y esfuerzo colectivo. La clave era una cadena de manos que funcionaba más o menos así. En un acto de confianza casi ciega, uno pasaba el dinero a la primera persona en condiciones de recibirlo, para luego verlo alejarse de mano en mano por el pasillo hasta que se perdía en el tumulto. El proceso luego se reanudaba, pero ahora en la dirección contraria: vuelto y boleto pasaban de mano en mano hasta llegar a su dueño. Así, no era el poder de la mano invisible lo que permitía al honesto pasajero cancelar su derecho a subirse a la micro, sino una decena de manos de otros honestos ciudadanos que acarreaban sus monedas.

Pero el proceso era mucho más que un buen ejemplo de coordinación. Lo notable era su fragilidad. Hubiese bastado una mínima sospecha de que las monedas podían extraviarse en una de las manos para que el pasajero en la puerta trasera decidiese no pasarlas y utilizar gratuitamente el servicio que el resto pagaba ( free rider ). ¿Qué explicaba que poca gente abusara? Un simple contrato social en la micro. En tal reducido y saturado espacio, no pagar o hacer desaparecer las monedas era por todos observado. El garabato del chofer que ganaba por boleto cortado a veces operaba, pero más importante eran las castigadoras miradas que el resto dirigía a quien osaba romper el contrato. Todos éramos conscientes, a todos nos importaba.

¿Dónde quedó ese contrato social? Y no hablo de la evasión en el Transantiago. Eso es un ejemplo. Hablo de algo más profundo. Una deshonestidad que se acepta, que fomenta la desconfianza. Lo del copy-paste de asesorías parlamentarias es su última manifestación. ¿Habrá sido el avance hacia el desarrollo? Frío, frío. ¿La mala calidad del sistema educativo? Tibio, tibio. ¿La alteración de frágiles equilibrios sociales en muchos ámbitos por políticas públicas mal diseñadas? Caliente, caliente.

Columna publicada en El Mercurio.