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Columnas

30 Diciembre 2018 | Sergio Urzúa | Educación

Crónica de una muerte anunciada

¿Aptitud o conocimiento? El reemplazo de la PAA por la PSU en 2003 no estuvo libre de controversias. Sin embargo, para el Instituto Nacional el drástico cambio no tuvo mayores consecuencias. Entre 2003 y 2007, el emblemático liceo, pilar de la educación pública gratuita y de calidad, se mantuvo siempre entre los 20 mejores colegios de acuerdo a la PSU. Su ranking promedio en ese período fue 13, impresionante si se considera que graduaba anualmente a cerca de 700 estudiantes. Y si bien hubo más competencia en los años siguientes, sostuvo su posición relativa. Entre 2008 y 2013 su ranking promedio fue 20. En el caso del liceo Carmela Carvajal, otro emblemático destacado, durante la primera década de la PSU, el establecimiento -que graduaba casi 350 niñas por año- estuvo regularmente dentro de los 50 mejores colegios del país.

A partir de 2014 las cosas cambiaron. Los dos más destacados liceos emblemáticos sufrieron caídas importantes en el ranking. Ese año el Nacional quedó 40, y el Carmela, 86. Los peores resultados desde la llegada de la PSU. Pero la caída en picada no se detendría allí. Desde entonces el Nacional nunca ha logrado entrar al listado de los 70 mejores colegios, mientras que el Carmela quedó permanentemente fuera de los 100 mejores. No sorprende, entonces, que mientras 747 jóvenes egresaban del Instituto Nacional en 2003, en el último proceso el número solo llegó a 542 (una caída de 27%, equivalente al éxodo de cinco cursos de 40 alumnos en el período).

Lo dijimos en su momento, pero vale la pena repetirlo: Este derrumbe no fue fortuito. La Nueva Mayoría optó por seguir las aguas de académicos cuya agenda no prioriza ni el esfuerzo de las familias y de los profesores, ni el mérito de los alumnos. Así, se estigmatizó la selección académica, sosteniendo que ella era la culpable de la segregación, tesis que -como demostramos en el libro “Educación con Patines” (Ediciones El Mercurio, 2018)- si no es heroica, es derechamente falsa. Y para eso los gurús cometieron dos faltas: una por acción y otra por omisión. A pesar de la literatura, apostaron a ciegas por el efecto par y obviaron convenientemente el rol del barrio como determinante de la segregación.

La estrategia vendió. La estigmatización de la selección académica deslegitimó transversalmente proyectos como el Instituto Nacional, el Carmela Carvajal y demás emblemáticos. Muchos profesores perdieron la fe en el valor de estos liceos republicanos y meritocráticos. Se agregó la incorporación del seudo- ranking de notas al interior del colegio -se pondera para ingresar a las universidades-, que hace competir solo ficticiamente a los compañeros de curso, incentiva la inflación de notas y castiga la exigencia.

Se añadieron también los paros estudiantiles que, según el rector del Instituto Nacional, han significado que muchos alumnos pierdan el equivalente de un año entero de clases. Para desfilar por la Alameda cuatro o cinco veces en un año se suspenden las clases por semanas y semanas. Protestan -con razón- por la mala educación, pero lo hacen dejando de educarse. Les regalan una ventaja virtualmente irremontable a los alumnos de los particulares pagados.

Dirigieron estos largos paros muchos de los líderes del actual Frente Amplio. Sobra decir que en la mayoría de los casos su verdadera motivación no era la educación, sino que derribar el capitalismo. No derribaron el capitalismo, pero sí lo mejor de la educación pública.

¿Consecuencias? Capas dirigentes menos inclusivas. Porque, como demostramos en el libro señalado, los liceos meritocráticos permiten que las y los esforzados, talentosos y sin recursos salten en una sola generación a las capas dirigentes. Esa movilidad social se tranca sin liceos públicos de excelencia.

¿Todo perdido? No. Ahí está el liceo Augusto D’Halmar -número 3 de Chile- mostrando un camino. Por cierto, como señaló su director, no hay recetas. Pero sí sabemos que sobre “una base de cinco cursos terminan solo tres”. ¿No es eso selección académica? Al director, una humilde sugerencia: Guarde el secreto de su éxito -“trabajo y lealtad”-, no le vayan a caer encima los ilusos que desmantelaron el Nacional. Lo mismo vale para los Liceos Bicentenario, de correcto desempeño.

Necesitamos poner en el centro de la educación la formación moral, y el premio al esfuerzo y al mérito. Los colegios no pueden ser fanales en los que se simula que la vida no es lo que es.

Columna escrita junto a Arturo Fontaine, miembro del Consejo Asesor Nacional de Clapes UC, y publicada en El Mercurio.