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Columnas

17 Febrero 2019 | Sergio Urzúa | Otros

¿Cuánto valen mis datos?

Sergio Urzúa: “¿Un sueldo a cambio de datos personales? Para allá vamos”.

 

Más información, en general, mejora el funcionamiento de los mercados. Aprovechando el Día de los Enamorados, considere el siguiente ejemplo: millones de solteros en el mundo “suben” datos personales a sitios web que prometen dar con la pareja perfecta. Con esto los pretendientes amplían su oferta, reducen las asimetrías de información y ahorran parte del costo del cortejo que, entre otras cosas, revela los defectos de todo tórtolo. La creciente popularidad del servicio da cuenta de la gran demanda por tal innovación.

La información personal también está generando mejoras en otras industrias. Compañías de seguros de vida en los EE.UU., por ejemplo, la utilizan para ofrecer mejores servicios a sus clientes. ¿Cómo? Con un clic se comparten las estadísticas de actividad física que recoge a diario cualquier teléfono inteligente. Más ejercicio se traduce en mayores descuentos en el precio del seguro. Así de simple.

Y los seguros automotrices no se quedan atrás. Estudios recientes muestran los positivos resultados de los programas de descuentos para clientes que comparten sus datos de manejo (pay how you drive). ¿Dispuesto a ser monitoreado frente al volante? Quienes aceptan ganan por partida doble: reducen en un 21% las frenadas bruscas y ven caer los precios de sus pólizas. Por supuesto, individuos más inclinados a manejar a la defensiva participan en mayor número del programa, pero esto no explica el efecto final. Por otra parte, y en un resultado clave, el mayor bienestar de los usuarios depende de que la empresa sea la dueña de los datos. ¿Qué quiere decir esto? Que si a esta se la obligase a compartirlos con la competencia, sus incentivos para ofrecer mejores ofertas disminuirían, afectando las ganancias de sus clientes. He ahí un gran desafío regulatorio.

Estos casos muestran cómo la tecnología permite que cierto tipo de estadísticas nos beneficien directamente. Pero cada uno de nosotros produce a diario una inmensa cantidad de información que despilfarra. Lo que comemos, la serie que vemos, la música que escuchamos, nuestra actividad física, el dinero que ganamos, nuestros exámenes médicos, todo se puede registrar. ¿Y si pudiésemos vender todo esto? ¿Un sueldo por dar nuestros datos a un banco, compañía de seguros o plataforma de citas? La idea puede sorprender, pero de hecho la nueva ley de la Unión Europea de regulación en este ámbito la hace factible (una persona puede revocar un consentimiento de datos con una empresa para trasladarlos a otra). ¡Oportunidad de negocio!

Antes de que se entusiasme, dos preguntas abiertas. Primero, ¿cómo regular los monopolios de información? El poder de grandes empresas (y del Estado) puede crecer si no hay competencia efectiva por los datos. Las consecuencias son atemorizantes. Y segundo, ¿no será problema enterarse de que lo que uno cree es un valioso perfil se transe solo por unas chauchas? Para mucho príncipe azul, el golpe al ego será fuerte y la desigualdad resultante puede ser grande. Habrá que comenzar a mentalizarse. Para allá vamos.

Columna publicada en El Mercurio