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Columnas

Destrucción planificada de la mejor educación pública

Estas cifran no dicen todo, pero casi: en 2010, 289 de los 655 estudiantes egresados del Instituto Nacional sacaron 700 puntos o más en la PSU; es decir, un 44%, casi uno de cada dos. ¿En 2016? La situación cambió: solo lo consiguieron 133 de 695; o sea, un 19%, o dos de cada diez. Por su parte, el 31% de las alumnas del Carmela Carvajal alcanzaban al menos los 700 puntos en 2010 (113 de 357), hoy solo el 17% (50 de 292). Y así en los demás emblemáticos.

¿Casualidad? No. Es un resultado esperado de políticas y conductas cuyo objetivo ha sido destruir lo mejor de la educación pública. Su premisa: seleccionar alumnos según su talento académico es injusto, es negativo (ver Fontaine y Urzúa, Clapes-UC, 2014b). Es lo que creen los desatinados expertos que concibieron el proyecto de Ley de Inclusión del gobierno de la Nueva Mayoría (hoy Ley Nº 20.845), aprobada en enero de 2015. La selección por mérito se redujo a un mínimo, lo que, como se anticipó, sentenció a muerte los liceos emblemáticos. Por cierto, esto solo recién comienza a sentirse. Se acentuará. Pero ya se creó un clima que hizo parecer como vergonzante la existencia de liceos selectivos, dañando la moral de profesores y alumnos. Del ” Labor Omnia Vincit ” (el trabajo todo lo vence) al ” Labor Nihil Vincit ” (el trabajo nada vence). Lo ocurrido es un logro que se adelantó, una destrucción planificada.

Además, Gobierno y CRUCh han promovido el ranking de notas como herramienta de selección universitaria, lo que generó dudas ex ante y efectos perversos ex post . La fe ciega hace a muchos focalizarse solo en los efectos mecánicos sobre el acceso, y olvidar el efecto sistémico y de largo plazo. Por construcción, el ranking perjudica a los liceos y colegios de excelencia, pues se sustenta en el supuesto de que las instituciones educacionales como tales no aportan. El sentido de pertenencia, el clima de estudio, el espíritu de la institución son irrelevantes. Ser el primero del Instituto Nacional pasa a ser lo mismo que ser el primero en un colegio cuyo promedio PSU es de 450 puntos.

“El ranking promueve una redistribución de los alumnos desde colegios buenos a colegios malos y estimula la inflación de notas” (Fontaine y Urzúa, Clapes-UC, 2014a). Las familias se ajustan y comportan estratégicamente. Y los colegios inflan las notas, por “ayudar” a sus alumnos y neutralizar el ranking : pese a los paros, en los últimos seis años el promedio de notas por colegio ha aumentado y su dispersión, disminuido.

Por otra parte, se enseñó que para mejorar la educación pública había que protestar y la mejor protesta, marchar, a veces, por la Alameda; pero sobre todo, parar las clases. Año tras año, invierno tras invierno. Más de un año de clases perdidas por la movilización política “que cambió Chile”… Mientras menos estudien, el nivel educacional de los alumnos más refleja el de la familia, y menos aporta el colegio. Por eso, los paros perjudican más a los alumnos de familias menos educadas. Además, los pagados no paran. Los resultados saltan a la cara: en 2011, un 33% de los alumnos que ingresaban al CRUCh venían de liceos municipales; en 2016 bajó al 28%, pese al ranking que le quitó peso a la PSU y, por tanto, al conocimiento.

Lo que está en juego es, primero: ¿queremos una capa dirigente más o menos inclusiva que la actual? Camilo Henríquez dijo que “el gran fin” del Instituto Nacional era “dar a la patria ciudadanos que la dirijan…”. La destrucción de los liceos selectivos cierra más la élite. Eran los ascensores que había, y en vez de hacerlos más rápidos y de mayor capacidad, se cortaron sus cables. La sola vía son ahora los particulares pagados.

Segundo, ¿queremos educación pública de calidad, o no? Porque lo que la prestigia son los liceos que seleccionan por mérito académico. Es la capacidad del Estado para manejar esos liceos lo que da confianza en las instituciones educacionales estatales.

En suma, nunca en tan poco tiempo se había hecho tanto daño a la educación pública. Y nunca jamás se habían puesto tantas barreras para que un joven de talento y sin recursos pudiera llegar a ser parte de las capas dirigentes de Chile.

Columna publicada en El Mercurio.