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Columnas

El día después de la doble derrota

“El día después” de la elección presidencial ha puesto al progresismo de izquierda dando manotazos de un lado a otro para articular un discurso coherente con la dura paliza que recibió en la segunda vuelta. Entre las explicaciones que da la Nueva Mayoría, la más graciosa es la que asegura que Piñera ganó porque corrió el cerco de los principios de la centroderecha y tomó las banderas del oficialismo para clavarlas en el corazón de los chilenos. O sea, Piñera y su coalición se habrían transformado de la noche a la mañana en nuevos “socios” de este progresismo de izquierda. Si así fuera, ¿cómo explican al país la odiosa campaña del último mes blandiendo la espada del “todos contra Piñera”, alertando de que su retorno, “sería pésimo para Chile”? Más parece humo para ocultar el tema de fondo: fue el cansancio de una gran mayoría de chilenos que confió en Bachelet versión 2013, que prometía seguir avanzando por la ruta del progreso, cautivados al inicio por la diosa de los derechos sociales y universales provistos por un Estado omnipresente y omnipotente, pero que luego de 4 años no se compra esa historia, rechaza el supuesto legado y no sienten estar mejores.

El gobierno de la Nueva Mayoría, a estas alturas hay que decirlo sin eufemismos, fracasa en su intento de iniciar el camino de la utopía socialista que se ensueña con la idea de que los derechos sociales son tarea exclusiva del Estado y que repudia la tesis de que la sociedad civil pueda participar en su provisión. La versión más clara de este impulso estatista es la gratuidad. No debe haber financiamiento compartido público privado en la educación particular subvencionada, ni en la educación superior deben cobrarse aranceles, solo gratuidad y universal. Las pensiones, vía capitalización de fondos privados, debiera permitirse solo para el segmento más rico y el resto debe aspirar a repartirse los limitados recursos públicos. La salud privada debe reservarse solo para los ricos, avanzando hacia un seguro de salud estatal y colectivo para la otra parte de nuestros compatriotas. La verdadera lectura de esta derrota es que, especialmente los chilenos de clase media, no necesitan de un Estado paternalista que diga lo que deben hacer y que sintieron en carne propia que este gobierno, en su afán refundacional, solo consiguió detener la economía y precarizar el empleo

En la vereda de enfrente, el Frente Amplio también está incómodo. Fue quizás el mayor perdedor de esta jornada electoral, y aunque trate de ocultarlo, al final apoyó sin condiciones a Guillier, no sin antes exhibir con arrogancia la votación de Beatriz Sánchez como la llave maestra para ganar el balotaje y cobrar cuentas en un futuro gobierno. Ellos también deben entrar en una reflexión profunda sobre su futuro político. Es cierto que tienen una bancada importante en la Cámara y gozan del apoyo de una parte de la juventud, pero la filosofía que los une tiene aroma a lucha de clases y ya el país no está para las aventuras de los años sesenta, sino que quiere progresar en paz y libertad.

Columna publicada en La Tercera.