cerrar flex-next flex-prev icon-excel icon-facebook icon-flickr-gray icon-flickr icon-fullscreen icon-gal-next icon-gal-prev icon-ham icon-instagram icon-less-blue icon-less icon-linkedin icon-lupa icon-mail icon-menu icon-more-blue icon-more icon-reader icon-share icon-twitter play

Columnas

04 Marzo 2018 | Sergio Urzúa | Educación

Educación para la élite

La invitación a hablar de economía frente a alumnos de cuarto medio de uno de los colegios privados más exclusivos del país fue una de las cosas más interesantes de mi 2017. ¿Cómo verán estos jóvenes su futuro? La conversación partió con una simple pregunta: “¿Cuántos de ustedes programan?”. Nadie levantó la mano. Sorprendente. En un mundo dominado por la tecnología, ¿cómo explicar el evidente atraso de competitividad de los más aventajados?

A nivel local, los colegios de élite han logrado destacarse. Tal como lo documenta el nuevo libro “Educación con Patines” (Fontaine y Urzúa, 2018), de no haber sido por los liceos emblemáticos, el acceso a las universidades y carreras más demandadas del país estaría totalmente dominado por un selecto grupo de estos establecimientos. Algo similar ocurre desde las pruebas Simce. Sin embargo, la historia cambia cuando la vara con que se mide es mundial.

El rezago agregado de la educación privada chilena en el contexto internacional es una primera señal preocupante. En PISA 2012, por ejemplo, sus estudiantes se ubicaron casi en el fondo del ranking en matemáticas, lectura y ciencias. Y para qué hablar de su incapacidad para generar alumnos de excelencia global. En PISA 2015, solo el 0,1% de los chilenos alcanzó el máximo desempeño en matemáticas (en Holanda fue 3,2% y en Corea fue 6,6%). El resultado deja perplejo. Los jóvenes aventajados nacionales no sufren la falta de patines, pues cuentan con turbinas, pero parece que no las encienden. ¿Será que no las han necesitado? Quizás, pero las cosas están cambiando.

En lo local, puede parecer contraintuitivo, pero gracias a las reformas recientes, es probable que la calidad de la educación privada, incluyendo la más exclusiva, aumente en los próximos años. El freno a los subvencionados acrecentará la demanda de las familias por colegios particulares pagados, impulsando sus precios y aumentando sus recursos, lo que posibilitará mayores inversiones y la contratación de mejores profesores. Esto, por cierto, hará a la élite chilena aún menos diversa, una dolorosa secuela reforzada por el desmantelamiento planeado de los liceos emblemáticos. Con todo, ¿será suficiente la presión para por lo menos contar en el futuro con una élite menos diversa, pero globalmente competitiva? Probablemente no, pero no es lo único que está pasando.

Hace pocos días supe que varios de los estudiantes que habían asistido a la charla de economía habían postulado a algunas de las mejores universidades del mundo. Gran noticia, pensé, pues tendrán la oportunidad de competir en serio. Pero parece que no llegaron muy lejos. Los rechazos fueron masivos.

El complejo resultado debe obligar a la educación de la élite a repensarse. Mejores profesores y menos canchas empastadas. El colegio que rompa el molde, que mire hacia fuera y que en el proceso genere inclusión, será parte integral de lo que Chile requiere: una élite competitiva, global e inclusiva.

Columna publicada en El Mercurio.