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Columnas

19 Septiembre 2017 | Arturo Cifuentes | Otros

El cine y el retail

Agosto es el mes en que los estudios de Hollywood distribuyen las películas que esperan sean las más taquilleras. Este agosto sin embargo resultó ser una gran desilusión: los US$ 625 millones recolectados por venta de entradas constituyeron una baja del 35% con respecto a agosto del año pasado. Considerando el verano completo (oficialmente, el periodo que va desde el primer viernes de mayo hasta Labor Day, el primer lunes de septiembre), la baja fue de un 16% con relación al 2016.

Se podría pensar que esta situación se debió a un deterioro en la calidad de la oferta. Por ejemplo, Valerian y la Ciudad de los Mil Planetas, una película que costó US$ 180 millones de dólares y se anticipaba que sería un gran éxito, recibió una crítica no muy benevolente, y las ventas en EE.UU., considerando hasta la semana pasada, llegaron solo a 40 millones de dólares. Algo similar sucedió con Dark Tower, basada en una novela de terror de Stephen King. Costó US$ 60 millones hacerla, la crítica no la trató bien, y en Estados Unidos, hasta la fecha, solo ha vendido US$ 44 millones en entradas. Pero la verdad es que en la temporada anterior (2016) también hubo flops (el término con que la industria se refiere a las películas que fracasan a la hora de conquistar al público). Por ejemplo, Ben-Hur, el gran perdedor del verano de 2016, generó pérdidas superiores a los US$ 100 millones. Evidentemente, detrás de los malos números de la temporada 2017 hay algo más.

La creciente popularidad del servicio de streaming ofrecido por Netflix, Amazon, y HBO es una explicación más plausible. Después de todo, el número de norteamericanos que va al cine ha ido disminuyendo en forma sistemática desde el año 2002 (la venta anual de entradas en 2016 refleja una baja del 18% con relación al 2002). Paralelamente, la valorización que han experimentado las acciones de Netlflix en el mismo periodo es elocuente: desde menos de un dólar (2002) hasta más de US$ 180 (hoy día). Y la fascinación de los millenials por Juego de Tronos (una producción de HBO que ya lleva siete temporadas) no tiene precedentes en la cultura popular. De hecho, datos de Google indican que Juego de Tronos ha superado en búsquedas a todas las películas más populares de este año.

En síntesis, la industria del cine, en parte por cambios culturales, y en parte por cambios tecnológicos, está sufriendo embates similares a los del retail. Recordemos que en este momento en Chile (al igual que en Estados Unidos), un millenial que quiere comprar un refrigerador va primero a una tienda de departamentos donde interroga por una hora al vendedor sobre los méritos de cada modelo. Y después se retira sin comprar nada, hace una búsqueda exhaustiva en internet para identificar quién tiene una oferta de precio más atractiva, y lo compra online. El resultado de estas tendencias lo reflejan también los números. Las acciones de Amazon se han quintuplicado en valor los últimos cinco años; las de Wal-Mart, uno de los mayores retailers del mundo, siguen pegadas donde estaban en 1999.

Por último, y volviendo al cine, me atrevo a hacer otra predicción. Independiente de lo que pase con las salas de cine tradicional, sobrevivan o no, creo que hay un grupo de trabajadores a los cuales no les queda mucho tiempo: los actores. Blanca Nieves (1937), el primer largometraje de dibujos animados, fue una innovación revolucionaria. Sin embargo, los progresos computacionales de los últimos años han superado con creces las imágenes bidimensionales y planas de los inicios. El software de hoy permite crear imágenes cuyo realismo no tiene mucho que envidiarle a lo que pueda comunicar en la pantalla un actor de carne y hueso. La mejor evidencia es Inside Out(que en Latinoamérica se conoció como Intensa-Mente).

Personas de la cuarta edad probablemente sigan pensando que el monólogo de Hamlet de Laurence Olivier (en realidad una versión medio desabrida, lánguida y en blanco y negro) representa un hito en la historia del cine y la actuación. No dudo, sin embargo, que en pocos años el To-be-or-not-to-be más convincente e intrigante, corresponderá a una versión animada con un software que pueda combinar expresiones faciales y corporales óptimas con fluctuaciones de voz igualmente irresistibles e intrigantes. Y si hay algún escéptico que dude, lo invito a mirar la Olympia de Manet. Si bien no es de carne y hueso, su mirada es más penetrante e interesante que la de la mayoría de los seres humanos. Se imaginan lo que podría haber logrado Manet si además hubiera animado a su Olympia con un buen algoritmo emocional-corporal?

Columna publicada en El Mercurio.