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Columnas

23 Junio 2019 | Sergio Urzúa |

El rey va desnudo

¿Podrá Chile evitar la temida trampa del ingreso medio? La pregunta es recurrente en el debate económico nacional. ¿De qué trata la trampa? En sencillo, se refiere a la incapacidad de sostener altos niveles de crecimiento luego de superar un determinado umbral de producto.

Mientras el espectacular desempeño del período 1986-1998 —variación real del producto de 7% promedio anual (FMI)— fue el resultado de una profunda transformación de nuestra economía, desde entonces Chile no ha innovado lo suficiente para sostener un ritmo de progreso similar. De ahí que el principal motor de dinamismo nacional durante las últimas dos décadas haya sido un fenómeno mundial: el superciclo de las materias primas.

Por cierto, aprovechar ese boom tuvo mérito. A diferencia de algunos vecinos que despilfarraron la oportunidad, Chile supo administrar la bonanza (aplausos a la regla de balance estructural). Los resultados no fueron extraordinarios, pero sí muy buenos: el crecimiento promedio anual 2000-13 de 4,5%. Esto permitió, por ejemplo, que en 2012 el Banco Mundial moviera a Chile al selecto grupo de países de ingreso alto. ¿Adiós trampa de ingreso medio? Momentito, no tan rápido.

El problema fue que el superciclo fomentó la ilusión de que el país podría sostener aumentos del PIB por sobre el 5% con poco esfuerzo. Pero el espejismo desapareció bruscamente. La caída del precio del cobre (2013-2016) dejó en evidencia la ausencia crónica de cambios estructurales procrecimiento y productividad. Todo, además, amplificado por los efectos de las reformas diseñadas bajo la Nueva Mayoría, una administración que operó bajo los efectos alucinógenos del boom. Los datos hablan por sí solos. Entre 2014-17, el crecimiento promedio fue inferior al 2%.

Las expectativas del retorno del sentido común llevaron el crecimiento hasta el 4% en 2018, pero el retraso en las reformas y los vaivenes internacionales han reducido las predicciones para los próximos años hasta cerca del 3%. Más preocupante aún, la cifra es cercana a la estimación del aumento del PIB potencial (un mediocre 3,4% para 2019-21) y, a diez años, el Banco Central proyecta que el crecimiento tendencial estará entre 3,25-3,75%. Suficiente para mantener la economía navegando, pero menor al necesario para dar el salto al desarrollo.

La situación ha motivado la creatividad de los economistas. Desde políticas industriales (estamos en 2019, no en 1979) hasta cambios culturales (lugar común), las ideas vuelan. Sin embargo, antes de jugársela con propuestas, hay que responder la pregunta inicial: ¿Y la trampa?

La incertidumbre se terminó. Aun cuando se quiera creer lo contrario, hay que aceptar que Chile está entrampado. Y el desafío inicial debe ser administrar el hecho. Un buen gobierno lo puede hacer bien, sobre todo si cuida los equilibrios fiscales. Eso permitirá crecer al 3 o 4%, lo que no está mal. ¿Más allá? Esas son palabras mayores. Para ir en esa dirección, primero tenemos que generar conciencia de dónde estamos. Luego vendrán los acuerdos y las acciones que nos permitirán dejar la trampa atrás.

columna publicada en El Mercurio y Poder&Liderazgo