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Columnas

El talento de Leonardo

“¿Qué hubiese hecho el joven Da Vinci ante las posibilidades que ofrece hoy la tecnología?”.

 

Aquí vamos otra vez. Historia o filosofía, electiva u obligatoria. Mientras los avances en tecnología y demanda global por talento ofrecen oportunidades casi ilimitadas, la educación en Chile parece tener los ojos puestos en el espejo retrovisor. ¿Cómo formar en los colegios? ¿Dónde deben poner las fichas los estudiantes? ¿Qué pueden fomentar los profesores? Con la vista puesta en el futuro, la historia ofrece lecciones.

Como hijo ilegítimo de un hombre de clase media y de una madre adolescente, Leonardo (1452-1519) no tuvo acceso a buenos colegios en la Italia del siglo XV. De hecho, como lo documenta Walter Isaacson en su fabulosa biografía, el nacido en el pueblo de Vinci tuvo una escasa formación escolar. Su futuro no se forjó en una sala de clases. Mucho más trascendente fue el progreso económico y social que tuvo la suerte de presenciar.

A partir de más o menos 1440, Italia logró estabilizar su economía y reponerse del impacto de la peste negra. Las condiciones de vida mejoraron significativamente, fortaleciendo los cimientos de lo que sería el Renacimiento. Florencia fue una de las ciudades más favorecidas del proceso y, con ello, sus jóvenes. El desarrollo del comercio, artes, humanidades, ciencias y tecnología fue un caldo de cultivo para el emprendimiento. El joven Leonardo aprovecharía las circunstancias.

Primero en las artes, el genio utilizó los avances en ciencias y tecnología para innovar. A través del estudio autónomo de la anatomía humana, sus pinturas se distinguieron por su sutileza, agudeza e ingenio. Incluso nuevos descubrimientos lo llevaron a retocar obras pasadas. Un ejemplo es su San Jerónimo de 1480, corregido en 1510, luego de aprender la estructura de los músculos en el cuello humano. En Florencia fue reconocido y su talento recompensado.

Pero al migrar a la competitiva Milán (1482), el artista tuvo que reinventarse. Combinó creatividad, matemática y física (autoaprendidas), para ofrecer sus servicios como diseñador de sofisticadas y novedosas máquinas de guerra. Explotó también su interés por la arquitectura y urbanismo, imaginando la ciudad ideal que evitaría el brote y transmisión de enfermedades. El resto es historia conocida. Sus obras, escritos y visión marcaron a la humanidad.

Pero, ¿qué hizo excepcional a Leonardo? No fue el acceso a una educación formal. Tampoco un brainpower al nivel de Einstein o Newton. Su talento fue más mundano. No hizo más que explotar elementos propios del ser humano: curiosidad incombustible, experimentación continua y revisión en base a evidencia. ¿Su gran talento? Combinarlos y aprovecharlos toda la vida. ¡Cómo se destacaría hoy día!

En momentos en que la tecnología deja obsoletos nuestros conocimientos de un paraguazo, ¿no deberíamos estar discutiendo estrategias educativas para que los jóvenes aprovechen las oportunidades de un mundo que cambia? ¿Por qué no potenciar sus ventajas naturales en vez de repetir fórmulas añejas? Para ser claros: la idea no es que los colegios locales produzcan Leonardos chilensis, pero sí que la educación active el tan necesitado renacimiento criollo.

Columna publicada en El Mercurio