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Columnas

Juntos pero no revueltos

Quince años atrás Alana, una amiga canadiense, me presentó a Chester, su futuro (y segundo) marido. Cuando les pregunté como se habían conocido, ambos, un poco incómodos, admitieron que había sido con la ayuda de una plataforma de internet. “No fue fácil,” explicó Alana, “los hombres mienten con relación a su altura y sus ingresos, y me llevé varias desilusiones antes de conocer a Chester.” Chester agregó que las mujeres también mentían, pero con relación a otros factores: su edad y su peso. Dado que sus respectivos primeros matrimonios habían terminado en divorcio, esta vez habían optado por un “método diferente” para encontrar pareja.

La semana pasada noté en la sección de matrimonios del New York Times (una sección que habitualmente ignoro) algo interesante: un porcentaje importante de parejas informaban que se habían conocido a través de sitios web para buscar compañero. Esta semana revisé de nuevo esta sección, para ver si la tendencia persistía, y encontré que casi el 20% de los matrimonios anunciados se habían conocido a través de sitios web para este efecto. Y fue a raíz de esto que me acordé de Alana y Chester, que claramente se adelantaron a su tiempo.

Lo concreto es que casarse es una proposición riesgosa: en EE.UU. el 20% de los matrimonios no dura 5 años, y eventualmente más de la mitad terminan en divorcio. Es decir, si bien casarse es más seguro que instalar un restaurante o una galería de arte, es más riesgoso que invertir en un bono “basura” (la probabilidad de default en cinco años es 17%). Con estos antecedentes no es sorprendente que la gente joven, principalmente los millennials, estén buscando pareja con apoyo tecnológico. Después de todo este grupo etario no toma ninguna decisión sin hacer primero una búsqueda en Google y consultar blogs. Numerosos estudios indican que los millennials presentan algunos rasgos que los caracterizan como “minusválidos sociales” (dificultades para interpretar expresiones faciales y mantener conversaciones cara-a-cara con personas que recién conocen).

En todo caso, todavía no hay todavía suficiente historia como para determinar si el emparejamiento vía internet es más exitoso que el emparejamiento por mecanismos tradicionales (a través de conocidos comunes o familiares, lugares de trabajo, encuentros casuales en bares, etc.)

Otra tendencia que se ha acentuado últimamente y podría estar asociada al incremento en el uso de las redes sociales es el aumento de lo que se llama “emparejamiento selectivo” (“assortative mating” en inglés). Esto es, la tendencia a casarse con personas de un nivel socio-económico, raza, y educación similar a uno. Lo concreto es que varios estudios vinculan el incremento en el emparejamiento selectivo con la agudización de la desigualdad económica, y con una disminución de la movilidad social.

Por último, parece haber algo trágicamente irónico en este asunto. Internet, en la opinión de muchos, iba a suscitar la creación de comunidades virtuales diversas y heterogéneas con todo tipo de interacciones cruzadas. Pero aparentemente los seres humanos, al menos en la red, buscan réplicas de sí mismo. Es decir, en el futuro, cada vez más, se acentuará la disminución de los encuentros aleatorios y la preferencia por los “programados.” En suma, veremos una convergencia a grupos homogéneos dentro de sí mismos, pero ajenos unos a otro. ¡Qué triste!

Columna publicada en La Tercera/Pulso