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Columnas

Juventud, delirio y crecimiento

Sin renovación generacional, no hay desarrollo. Juveniles aspiraciones son fuentes de emprendimiento; la distancia con el pasado, motor de innovación. ¿Pero siempre una nueva generación promueve el progreso?

Si cree que la inquietud se inspira en los jóvenes líderes políticos que miran con desdén el éxito de nuestras últimas tres décadas, se equivoca. Por el contrario, esta nació de un reciente encuentro para debatir del futuro junto a un centenar de alumnos de un liceo de Santiago.

Los desafíos de las nuevas generaciones frente a los cambios tecnológicos eran el tema del evento. Y bastó entrar en la automatización de labores productivas para evidenciar la distancia entre jóvenes e invitado. Qué aumento en productividad ni qué ocho cuartos, para varios en la audiencia el arribo de los robots solo permitiría el abuso empresarial. De ahí las posiciones solo se distanciaron. Menciones a “competencia” y “esfuerzo” generaron las quejas de los escolares y, lo más sorprendente de todo, los beneficios del crecimiento su total menosprecio e incredulidad. Al terminar el encuentro, los adultos presentes comentaron con preocupación la extendida y delirante visión de futuro de los jóvenes. Nadie entendía muy bien, eso sí, su origen. Este emerge, creo, del mismísimo éxito de Chile.

Hagamos un poco de historia. Entre 1987 y 1997 nuestra economía creció en promedio sobre un increíble 7%. La transformación fue total. Nunca antes (ni después) Chile había doblado su producto en tan poco tiempo y, por cierto, nunca se había generado una brecha generacional de iguales proporciones. Se la ilustro: los chilenos que hoy tienen 60 años vivieron sus primeros veinte en un país con un ingreso per cápita similar al que tiene hoy Kosovo. Los nacidos en 1977 también nacieron muy pobres (nivel Belice), pero a los 20 residían en un Chile con el PIB per cápita que alcanzó Colombia el año pasado. ¡Inmenso progreso! ¿Y los nacidos en 1997? Los actuales veinteañeros no saben de tal nivel de logro. Su Chile creció en promedio cerca de un 3,5%, lo justo para alcanzar y mantenerse cerca de la mitad del ingreso per cápita de Suecia (PPP), pero insuficiente para cerrar las brechas con el mundo desarrollado.

Tal realidad nos debe obligar a ser más prudentes al cuestionar la visión de futuro que parece dominar entre los jóvenes. ¿No seremos nosotros, los adultos, los responsables? ¿Hasta qué punto permitimos a las nuevas generaciones conformarse con el rédito de una década de rápido crecimiento? Quizás allí esté el secreto de países como Corea o Singapur para crecer sobre el 7% no por diez años, sino por más de 30. Y es que el delirio quizás no sea el de los jóvenes, sino del resto, que asumió mecánicamente que la renovación generacional continuaría los esfuerzos para alcanzar el desarrollo.

¿Qué explica el menosprecio juvenil ante el crecimiento económico?

Columna publicada en El Mercurio.