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Columnas

12 Marzo 2018 | Sergio Urzúa | Política

En la búsqueda de identidad

El nuevo gobierno parte con el pie derecho, justo lo inverso de lo ocurrido cuando comenzó el de la Nueva Mayoría. El resultado de la elección de diciembre vino de la mano de mayor confianza de consumidores y empresarios, y de una activación de la economía que hace tiempo no se veía, todo además estimulado por una mejora en los mercados internacionales. Es cierto, el nuevo Presidente es un hombre afortunado, pero la idea de que el repunte del crecimiento económico solo se debe al mayor precio del cobre es tan amorosa como aquella que dice que la administración saliente al final dio vuelta completamente el ciclo.

Como sea, de no mediar sorpresas, en lo económico al menos, las cosas durante el 2018 deberían andar bien. El cambio en el manejo económico permitirá que los brotes verdes fortalezcan sus raíces durante los siguientes meses. A esto también ayudarán las lecciones de la prueba de humildad que sufrió la economía chilena en el último tiempo (histórica reducción de inversión, baja creación de empleo privado, menor expansión del producto), el resultado de creer que el progreso económico se puede sustentar sobre buenas intenciones, pero con improvisadas políticas.

Todo positivo hasta aquí. Sin embargo, no hay que ser ingenuos. El impulso inicial no será suficiente para sustentar el progreso en el mediano y largo plazo. Y es que Chile no puede dilatar más eso que Alejandro Foxley llamó acertadamente la segunda transición. ¿Sus ingredientes? Liderazgo, experiencia, sudar la gota gorda y, lo más importante, una nueva ruta de progreso hecha en Chile que combine sentido común y un relato de futuro para un país en el que conviven dos millones de pobres junto a una clase media ansiosa de continuar expandiendo sus libertades.

¿Volver al Chile pre Nueva Mayoría? ¿Más de lo mismo? No, no se equivoque. El éxito de largo plazo de todo país en vías de desarrollo depende de la capacidad de sus gobiernos de innovar y priorizar.

Por eso la expectación ante la agenda económica y social que trace durante los primeros meses la administración del Presidente Piñera. Habrá que sacarle trote rápidamente al país, lo que obligará a mover coordinadamente la pierna derecha e izquierda, ahí la importancia de los acuerdos. También existe consenso en cuanto a la necesidad de revisar el sistema tributario sin afectar más las cuentas fiscales, promover la libre competencia, tener una capacitación laboral efectiva, contar con un mercado del trabajo moderno, asegurar la calidad de la educación desde temprano, mejorar la protección social, entre otras. Pero para saltar al desarrollo hay que hacerse cargo del mayor cuello de botella que enfrenta Chile: El Estado.

En lo económico y social el punto no tiene nada de novedoso, mal que mal toda la evidencia indica que el éxito de los países depende de sus instituciones, siendo el Estado un pilar estructural. Sin embargo, en el Chile del 2018, la idea tiene implicancias adicionales. También puede definir la identidad de la administración que comienza.

¿Modernización de servicios públicos, incentivos a sus empleados? Importante, pero ahí no comienza la segunda transición (ni se juega la futura trascendencia del nuevo gobierno). No, la innovación debe ser más profunda: la construcción de una institucionalidad que permita al Estado articular exitosamente iniciativas multisectoriales de gran impacto para los ciudadanos. ¿Por qué tan esencial? Bueno, la ausencia de tal estructura explica varios de las deficiencias de las reformas de la administración que termina y, en último término, el resultado de la elección de diciembre pasado (¿la del 2013?).

Sebastián Piñera no solo debe demostrar que en política una secuela puede ser mejor que la versión original (convengamos que en lo económico la vara se la dejaron baja), sino también presentar los lineamientos que, no en cuatro años, pero sí durante la siguiente década, llevarán a Chile a transitar hacia el desarrollo. Una transformación profunda del Estado puede ayudarlo a eso y mucho más.

Sebastián Piñera debe presentar los lineamientos que, no en cuatro años, pero sí durante la siguiente década, llevarán a Chile a transitar hacia el desarrollo. Una transformación profunda del Estado puede ayudarlo a eso y mucho más.

Columna publicada en El Mercurio.