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Columnas

Ley Uber: que gane la competencia

Los cambios tecnológicos han llegado para quedarse y en hora buena, porque mejoran la calidad de vida de las personas. ¿No es mejor la vida con Netflix y con Spotify? El éxito de estas aplicaciones habla por sí sólo, aunque su irrupción haya puesto en aprietos a la radiotelefonía, industria discográfica y a los canales de televisión tradicionales. Pero así es el progreso – ¿se acuerda de Nokia, Kodak o Blockbuster?

Lo mismo ocurre con Uber y otras aplicaciones que realizan intermediación o corretaje de servicios de transporte urbano (incluido despacho de comida a domicilio). Éstas no prestan el servicio de transporte, sólo conectan al pasajero con el auto. Su éxito, que se demuestra por el crecimiento exponencial que han tenido en Chile y el mundo, se explica porque prestan un servicio mejor y/o más barato que los taxis tradicionales. Además, son más eficientes desde un punto de vista social: los autos no andan vacíos contaminando y haciendo taco mientras buscan pasajeros por las calles. Hoy en Chile se realiza un promedio de 2,2 millones de viajes mensuales en Uber, lo que refleja que el servicio es valorado por los usuarios. Y cómo no, si el tiempo de espera promedio es de apenas 4 minutos, los autos son modernos y limpios y el servicio funciona 24/7. Además, la aplicación les permite a muchas personas desempleadas, jubiladas o con responsabilidades domésticas complementar sus ingresos en horas y días que tienen disponibilidad.

Sin embargo, frente a esta “amenaza” los gremios de taxis – que por años han conseguido por distintas vías mantener restringida la entrada de nuevos competidores – han presionado a las autoridades políticas para que se “regule” a estas plataformas. Su fin último es restringir la competencia. Como los usuarios de las aplicaciones tecnológicas no son un grupo organizado que pueda hacer lobby, no pueden contrarrestar esta presión. Algo parecido ocurrió por años con los anteojos de lectura: no podían venderse sino en una óptica y con receta, lo que obligaba a los ciudadanos a ir al oculista para obtener los mismos lentes para leer que hoy compran en las farmacias (y que por años se han vendido sin receta en otros países).

El proyecto de Ley que se encuentra en trámite en el Senado, afortunadamente no acogió algunas indicaciones que restringían el potencial de Uber – por ejemplo, se rechazó la idea de prohibir el pago en efectivo, medida que hubiese sido además altamente regresiva. Pero el proyecto mantiene la prohibición de realizar viajes compartidos, modalidad donde la eficiencia social de la aplicación es máxima. Esto, porque el lobby de las asociaciones de taxis colectivos. Además, se limita a dos el número de autos que una persona natural puede inscribir en la plataforma.

Las aplicaciones tipo Uber deben regularse, por ejemplo, exigiéndose un registro de sus conductores asociados, la compra obligatoria de seguros, antigüedad máxima de los autos y otras medidas que garanticen la seguridad del transporte. Pero las regulaciones no pueden ser barreras de entrada que restrinjan la competencia. Las autoridades políticas y los legisladores tienen una obligación para con los millones de usuarios que por no estar organizados no pueden llenar las tribunas del Congreso.

Columna publicada en La Tercera