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Columnas

¿Los niños primero?

Debo haber tenido 4 años. Mi mamá me había llevado a la feria libre del barrio. En el último puesto paró a comprar papas. Calladito me metí una al bolsillo. Al llegar a casa le mostré con entusiasmo el resultado de la travesura. El reto fue de proporciones épicas, pero peor fue la vergüenza. Inmediatamente me llevó a devolver el tubérculo. Las disculpas entre lágrimas frente al “casero” las recuerdo hasta el día de hoy. No creo haberle nunca agradecido la acción, pero mejor tarde que nunca: Mamá, infinitas gracias. Su lección todavía se escucha fuerte y claro.

Toda la evidencia apunta a la inmensa importancia de los primeros años de vida en el desarrollo del ser humano. Estudio tras estudio los datos muestran el impacto de intervenciones tempranas sobre resultados educacionales, laborales, delincuencia, salud, etc. No importa si es Noruega o Jamaica, un peso invertido antes de los 5 años tiene un retorno social mayor que aquel destinado a cualquier otra edad. De ahí la justificación para la acertada frase “los niños primero”. Sin embargo, hay que ser cuidadosos. Los riesgos de malinterpretar el mensaje no deben ser desatendidos.

Lo primero que hay que reconocer es que no cualquier intervención temprana tiene efectos positivos. No es cuestión simplemente de cortar cintas y plagar los barrios de salas cuna o jardines infantiles. Esa es la parte fácil (y políticamente rentable). Lo difícil es asegurar la calidad y eso sale caro. ¿De cuánto estamos hablando? Para los EE.UU. existen buenos datos: El programa Perry Pre-School invirtió US$8800 anuales por niño, Head Start unos US$9000 y en Carolina Abecederian US$15000. Para ponerlo en contexto, implementar en Chile cualquiera de ellos a gran escala tendría un costo anual entorno a los US$6000 millones (ajustado por PPP), varias veces los presupuestos totales de Junji e Integra combinados.

Y al analizar los programas exitosos, una característica se destaca. Los esfuerzos están puestos sobre el menor y su entorno. Así, visitas de profesionales a los hogares y programas de apoyo a los padres son la regla y no la excepción. Y a mayores niveles de vulnerabilidad, más importante el rol de dichas actividades. De hecho, estas explican los altos costos de una educación temprana de calidad.

¿Pueden intervenciones en primera infancia igualar la cancha? Sí, pero para eso el trabajo debe ser con el hogar. La sala cuna no puede reemplazar a los padres, sino apoyarlos. Desaprovechar la sabiduría y amor de una mamá es un crimen y más cuando se reemplaza por un jardín de mala calidad. En lo personal, no puedo imaginar el costo que hubiese significado sustituir horas de mamá por horas de “tía”. ¡Si con una papa me dio una lección de vida! Así que en el día de la madre lo invito a reflexionar. Cuando se diseña la política pública en primera infancia, ¿qué debe ir primero: el menor o su familia?

Columna publicada en El Mercurio.