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Columnas

07 Abril 2019 | Sergio Urzúa | Educación

Mérito académico y progreso

Arturo Fontaine, Sergio Urzúa: “…los liceos de excelencia apuntan a ese 7,1% de jóvenes chilenos que, gracias a un talento y esfuerzo excepcionales, logran refutar las predicciones deterministas de los expertos…”.

 

Dadas las enormes desigualdades de rendimiento de los estudiantes chilenos —desigualdades asociadas a la cuna—, ¿no es injusto crear y mantener con fondos públicos liceos y colegios cuyo proyecto educacional está concebido para alumnos de alto rendimiento? ¿No equivale a premiar a los que ya son favorecidos? Este es uno de los argumentos en contra de los liceos emblemáticos. Se lo empleó para justificar la prohibición de seleccionar académicamente establecida en 2015 y se lo usa hoy contra el proyecto “Admisión Justa”. ¿Es justo permitir —nunca obligarlos— que liceos y colegios particular-subvencionados, si tienen un proyecto educacional para alumnos de alto rendimiento, puedan seleccionar según mérito académico?, ¿o es más justo hacerlo al azar?

Según la OCDE, un 12,9% de la dispersión (varianza) de resultados en la prueba PISA se explica por el nivel socioeconómico. En Chile ese número sube al 16,9%. En Singapur es igual que en Chile. En Alemania es un 15,8% (OCDE, 2018), solo punto y algo menos que en Chile. Sin embargo, en ambos países la selección académica se utiliza extensamente. ¿Por qué? ¿No será que agrupar al alumnado según sus habilidades, conocimientos y aficiones —distinto a discriminar por raza, género o ingreso— es un método educacional válido y eficaz?

En Chile solo un 8,9% del cuartil más pobre iguala el resultado promedio del cuartil más rico del país. El promedio en la OCDE es 11,3%. Por ejemplo, en Corea es 13,1%; en Alemania, 10,4%; en Francia, 9,3%, y en Israel, 8,4%. Y en Chile solo el 7,1% del cuartil más pobre iguala el resultado del cuartil más rico de todos los países que dan PISA (por ejemplo, en México es un 3,4%). El promedio de los países OCDE es 25,2%. Se los llama “resilientes”. Dice la OCDE: “La pobreza no es un destino. Muchos alumnos desaventajados logran alto rendimiento” (OCDE, 2015). Entonces, al trabar el mérito, ¿no estaremos condenando a la pobreza?

Los liceos de excelencia apuntan a ese 7,1% de jóvenes chilenos que, gracias a un talento y esfuerzo excepcionales, logran refutar las predicciones deterministas de los expertos. Ellos han conseguido saltar las vallas que les impuso la adversidad. Ni la pobreza ni la educación incompleta de sus padres ni las deficiencias de nuestras escuelas pudieron vencerlos. Le doblaron la mano al destino. Merecen nuestro respeto y admiración. Pero su hazaña nos obliga: nuestro deber es darles a esos jóvenes la oportunidad de desarrollar en plenitud sus talentos intelectuales. Esos jóvenes merecen tener la opción de ser admitidos por su mérito académico en liceos de excelencia académica, cuyo proyecto educacional esté concebido para potenciar el talento de estudiantes de alto rendimiento. Y ese 7,1% debe aumentar, y rápido.

Chile necesita de su talento porque, por ejemplo, solo 0,1% de nuestros alumnos logra un alto rendimiento en matemática en la prueba PISA (PISA, 2015. Ver Fontaine y Urzúa, 2018). Es difícil que el país tenga la capacidad creativa, científica y tecnológica requerida para incorporarse a la sociedad del conocimiento a partir de ese 0,1%. Es difícil no seguir dependiendo de los recursos naturales y transitar a una economía más basada en el conocimiento si no conseguimos ampliar sustancialmente la cantidad de estudiantes de alto rendimiento.

No es una utopía. El Instituto Nacional y el Carmela Carvajal han sido por años un ejemplo del tipo de liceo de excelencia que necesitamos fortalecer y multiplicar. En 2004, estos establecimientos, con una población mayoritaria de estudiantes de clase media y baja, superaban el promedio PSU de los particulares pagados en 81 y 65 puntos, respectivamente. De la mano de las tomas y errores de política, en 2017 la ventaja ya se había acortado a la mitad. Esto, creemos, representa un golpe directo al mentón en cuanto al prestigio de la educación pública, y está dejando en la lona a los alumnos con especial talento y vocación por el estudio. La cuenta no puede terminar en nocaut. Hay que levantar la educación pública de excelencia. Los liceos Bicentenario están demostrando que se puede. El desdén por el mérito académico no es propio de una sociedad que busca que las personas progresen.

Columna publicada por El Mercurio, junto a Arturo Fontaine (Universidad Diego Portales y Universidad de Chile)