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Columnas

¿Qué nos enseñó Zamorano?

Iván Zamorano marcó una generación. Durante temporadas mantuvo a medio país pegado a la televisión cada fin de semana. En lo personal, de chico aluciné con sus hazañas en el Madrid. Sí, futbolistas anteriores tuvieron éxito en el exterior, pero “Iván el terrible” fue el primero en mostrar masivamente que un chileno podía competir en el primer mundo. Fue ídolo por años y me declaro un fan total. Quizás por eso siempre consideré injustas las burlas ante su rápido desarrollo de un marcado acento español. ¿Qué nos demostraba el crack criado en la Villa México con esa originalidad?

La globalización del chileno ha sido un proceso lento pero continuo. Hoy somos más internacionales que nunca. En la última década, el número de nacionales que viven en el exterior aumentó un 20% (INE) y las cifras demuestran una natural predilección por el mundo desarrollado. Allí ya no solo vacacionamos, también estudiamos y trabajamos. De acuerdo con cifras de Unesco, por ejemplo, más de siete mil chilenos asisten a instituciones de educación en naciones avanzadas (más o menos la mitad del total de estudiantes en el extranjero). Y el número que trabaja fuera no es despreciable. Solo en los Estados Unidos se estima que hoy trabajan cerca de 100 mil nacionales.

Tal proceso trae múltiples beneficios. Por de pronto, está ofreciendo a miles de compatriotas la oportunidad de experimentar el desarrollo en primera persona, no por la semana de vacaciones en Miami o Madrid, sino por los varios meses o años de dura competencia en Nueva York, Londres o París. A Chile le tomará un buen tiempo salir de la trampa del ingreso medio en que lo metieron; así que bien por los miles de compatriotas que a punta de esfuerzo, mérito y capacidad de adaptación explotan el desarrollo en el intertanto.

Pero eso no es todo. Para un país que busca continuar progresando, el proceso genera efectos multiplicadores locales importantes. Todo gracias a que al chileno lo pueden sacar de Chile, pero nunca a Chile del chileno. Eso lo mantiene conectado mientras está lejos, facilitando que el impacto sobre su entorno no tenga que esperar su retorno. Un hermano, tía, primo o amigo que compite en el desarrollo puede abrir la cabeza de sobrinos, hermanos, primos y conocidos a la distancia. Y mientras más fácil sea la capacidad del emigrante de adaptarse al medio, más fuerte y efectiva dicha onda expansiva.

Los ignorantes que se burlaron del acento español de “Bam-Bam” nunca entendieron que era solo signo de lo que seguro es el mayor activo del ídolo: su inmensa capacidad de adaptación frente a la alta competencia. Y ese talento hoy toma doble importancia. Allí el secreto del éxito no solo para los miles de compatriotas que compiten bajo las reglas del desarrollo, sino también para todo aquel que quiere destacarse en la economía global.

Columna publicada en El Mercurio.