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Columnas

24 Diciembre 2017 | Sergio Urzúa | Política

El Pascuero no existe

Mis mejores recuerdos navideños son anteriores a los siete años. El paso del Viejo Pascuero ilusionaba. Un regalo del barbudo personaje justificaba portarse bien la última semana (hacerlo antes no rentaba). La ingenuidad era total: Nadie gastaba un peso, el paquete llegaba mágicamente, no faltaban los amigos que decían haber visto el trineo o escuchado un “Jo, Jo, Jo” y, claro, padres y hermanos mayores eran “meros espectadores”.

¿Recuerda cómo y cuándo supo que no existía el Viejo Pascuero? Debe haber sido alrededor de los ocho años, que es la edad en que los niños comienzan a sospechar. ¿Es bueno promover la ilusión de su existencia? La literatura señala que la fantasía es un ingrediente clave del desarrollo infantil. ¿Tiene efectos dañinos conocer la realidad? La evidencia sugiere que no hay daño alguno sobre los menores, incluso los efectos de saber la verdad son positivos. Sin embargo, sí se han documentado impactos negativos en los padres. El admitir ser parte de una falsa ilusión los agobia. Cualquiera que haya pasado por ese proceso lo sabe.

Es de esperar que el mediocre desempeño económico de los últimos años no tenga mayor efecto esta Navidad. Ojalá que los regalos no sean menos ni más chicos, ni que las deudas se abulten producto de la festividad. Pero cualquiera sea el caso, apuesto que este diciembre pasará a la historia como un mes de maduración democrática de Chile.

La dura derrota de la coalición gobernante el domingo pasado no puede ser interpretada de otra forma. Quizás Sebastián Piñera hubiese ganado con votos encantados por la gratuidad, pero esto no explicaría la gran diferencia final. ¿Qué pasó? Miles de personas optaron por poner fin a un relato ficticio de progreso.

Y no fue fácil. Cuales padres anticipando la Navidad, muchos cerebros tras las reformas de la Nueva Mayoría se esmeraron en hacer de espejismos realidad. “La reforma tributaria no tendrá efectos negativos sobre la economía” sonaba cual popular villancico. Pero los renos fueron tan esquivos como los brotes verdes, y la historia fue insostenible. ¿Explicará el admitirlo la desazón posterior al fracaso? Puede ser, pero poco importa. Como hijo que madura en diciembre y que demuestra ser más listo de lo esperado, la gente sacará las mejores lecciones del período. Ahora mira hacia adelante.

El domingo pasado, la democracia chilena se fortaleció. Le tomó solo cuatro (y no ocho) años reconocer la realidad. Que el dinero no cae del cielo, que la improvisación es nefasta, que el trabajo bien hecho paga. Y por lo mismo ahora la gente exigirá más. He ahí el gran desafío para el Presidente electo. Podría gobernar extendiendo un ilusorio relato y administrar la herencia de malas políticas públicas, pero sería un error y seguro él ya lo sabe. El 17 de diciembre quedó claro que la mayoría de los chilenos ya no cree en el Viejito Pascuero. Felicidades.

Columna publicada en El Mercurio.