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Columnas

08 Agosto 2019 | Juan Bravo | Empleo

Rebaja de la jornada laboral: beneficios y costos

La reducción de la jornada ordinaria de trabajo tiene beneficios y costos que deben ser ponderados en el debate, el cual está muy polarizado. Por ello, es importante analizar los argumentos técnicos.

Económicamente la posibilidad de reducir la jornada manteniendo la producción (y por ende, de aumentar la productividad por hora trabajada) puede racionalizarse porque hasta un determinado umbral de horas, el producto por trabajador aumenta en forma proporcional a las horas trabajadas, pero tras traspasar dicho umbral el producto crece a tasas decrecientes hasta que se estanca, es decir, más horas no generan aumento alguno de producción (Hicks, 1932; Pencavel, 2015; Dolton et al, 2016). 

La evidencia empírica internacional ha proporcionado sustancial apoyo al hecho que la reducción de jornadas de trabajo puede incrementar la productividad (Ricci et al, 2007; Brachet y Dreschler, 2012; Pencavel, 2015; Dolton et al, 2016; Collewet y Sauermann, 2017). Esto se debe a que disminuye la fatiga, los errores, la accidentabilidad, el ausentismo y los conflictos entre la vida personal y laboral, entre otras causas. 

Pero reducir la jornada no está exenta de costos. Existen labores en que por su naturaleza lo importante es estar disponible, más que cumplir con ciertas métricas de producción (por ejemplo, las ligadas a atención a público, labores de vigilancia, etc). Además, algunos empleos llegarán al umbral en donde la reducción de horas solo puede ser realizada sacrificando producción. Esto significa que algunos sectores tendrán un incremento del costo salarial por hora. 

Con todo, los efectos de reducción de horas no son lineales, ya que las ganancias de productividad disminuyen a medida que la jornada es menor, mientras que los costos se van incrementando, ya que es más difícil cumplir con las mismas metas de producción en cada vez menos tiempo. Por ello, no es comparable la reducción de la jornada laboral de 48 a 45 horas de 2005, que reducirla de 45 a 40.

Ya que es difícil determinar el umbral óptimo de la jornada laboral, de realizarse la reducción de horas ésta debiera ser gradual para ir evaluando sus efectos, ya que en la medida que las ganancias de productividad asociadas a la reducción de jornada no superen el incremento del costo habrá un impacto negativo en el empleo, pues todos los estudios de demanda por trabajo en Chile muestran que la elasticidad empleo-salario es negativa y significativa. 

Independiente del largo de la jornada, la propuesta del gobierno de adaptabilidad es valiosa por sí misma. Ambos proyectos se han planteado en el debate como excluyentes, pero pueden complementarse. Escuchemos los argumentos del otro para que éste no sea un diálogo de sordos. 

 

Columna publicada en La Segunda