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Columnas

Solo los tontos cumplen las leyes

Un país donde la participación electoral alcanzó un 46% del padrón el pasado 19 de noviembre y donde el 33% de la población no paga su boleto de transporte público debiera preocuparnos… nos acerca a eso que Carlos Nino, en su libro Un país al margen de la ley, llamó la “anomia boba” y que proviene de un juego en que todos pretenden sacar ventaja y terminan en la peor de las situaciones. El punto es que la llave para superar esta mala práctica está en las normas morales y en la convicción de seguirlas sin cálculos de beneficios y perjuicios individuales, con la disposición de individuos conscientes de sus derechos y de los derechos de los otros. Pero aquí viene lo interesante, porque esto supone haber recibido una previa educación ciudadana que nos debiera imprimir una ética universalista, según sostiene Guariglia.

Es sorprendente que pese a nuestra evidente falta de formación ciudadana -acentuada por la eliminación del curso de Educación Cívica en 1997- nuestras autoridades insisten en hacernos parte de procesos reformadores profundos, como el de la reforma a la Constitución. Lo anecdótico es que según la encuesta realizada por la Facultad de Derecho de la UDD en el 2015, el 60% de los encuestados señaló que considera indispensable una reforma a la Constitución, pero un 73% declaró no conocer ninguna materia de la Constitución, un 84% declaró no conocer ningún artículo de la Constitución, y el 82% señaló no saber en qué consiste una asamblea constituyente.

Estas estadísticas son más que suficientes para tomar en serio esto de la Educación Cívica y su indispensable valor en una sociedad democrática que pretende construir identidad nacional, generar pertenencia a una comunidad, con arraigo en una historia y destino común. Lo peor que nos podría pasar como país es que nos quedemos sin sustento institucional, jurídico y político, y que nadie se sienta motivado a participar de la construcción democrática de un proyecto compartido, en el que el rol de cada ciudadano es determinante.

Esto debiera orientar nuestra mirada hacia lo importante e indispensable que es la formación ciudadana, que hoy aparece como una herramienta para que las futuras generaciones puedan recibir referencias culturales en torno a valores intemporales, respetando nuestras legitimas diferencias, enfatizando la vocación social y trascendente.

Hace un tiempo hemos venido constatando una creciente crisis de confianza, de credibilidad en los que eran nuestros pilares institucionales. Hemos visto que quienes tienen el deber de ser garantes del cumplimiento de las normas morales o jurídicas, no las cumplen y eso nos acerca peligrosamente a esta nueva forma de relación social marcada por la desconfianza mutua, la falta de respeto a la autoridad, el individualismo, la ausencia de pertenencia a una comunidad y devaluación del bien común.

Estamos a tiempo para no llegar a replicar lo que el 27 de junio de 2009 los argentinos institucionalizaron a través del día nacional del boludo, como una forma de reivindicación de los ciudadanos que respetan las leyes, cumplen con sus deberes y adhieren a las instituciones democráticas, en contraste con los “piolas” que practican la viveza criolla y no dudan en transgredir las normas si con ello van a sacar provecho personal.

Las próximas elecciones debieran ser una invitación a construir un país entre todos, participando respetuosamente en los procesos cívicos, predicando con el ejemplo. Pongamos todo nuestro empeño para que Chile nunca sea el país donde solo los tontos cumplen con las leyes.

Columna publicada en La Tercera.