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Columnas

07 Julio 2019 | Sergio Urzúa |

Un 4 de julio latino

Béisbol, mucha bandera y fuegos artificiales. Eso es típicamente un 4 de Julio en los Estados Unidos. No hay fondas, bailes nacionales o volantines. La celebración del día de la independencia dura un día, no una semana. Si cae jueves (como este año), el viernes se trabaja. Para un latino acostumbrado a largos y coloridos festejos, la fiesta puede parecer aburrida. Este año, sin embargo, hubo más entretención.

Aprovechando el inicio de la campaña por la presidencia, Donald Trump le puso “sabor” a la celebración del 4 de Julio. Primero, rompió la tradición de casi siete décadas sin que un presidente hiciera un discurso en el National Mall (la famosa explanada con los monumentos nacionales). Y como era de esperar, ni la lluvia pudo desteñir la ostentosa unipersonal ceremonia.

Segundo, en lo que para el estadounidense fue una innovación, el “Saludo a América” de Trump incluyó desfile de helicópteros y aviones de guerra, banda y coro militar, más tanques en los parques de Washington D.C. Si bien el despliegue de fuerza fue pobretón —sobre todo comparado con las demostraciones en otras latitudes—, la rimbombante apuesta llamó la atención de todos los medios (¿labor cumplida?).

Tercero, el discurso presidencial se centró en el patriotismo y la exaltación de las Fuerzas Armadas. Se dice que el festejo francés del Día de la Bastilla sirvió de inspiración. Como sea, para cualquier latinoamericano el guion es archiconocido. Es parte de la común alegoría de nuestras fiestas patrias. Eso sí, a los pies del Memorial de Lincoln, el mensaje se tornó más provinciano que nunca.

Y aun cuando poco se difundió, esta celebración de la independencia de los EE.UU. trajo más sorpresas. La quema de una bandera tricolor a pasos de la Casa Blanca, sumada a manifestaciones entre opositores y adherentes al Presidente en las cercanías del National Mall, obligaron a la acción de la policía y a la detención de una decena de personas. Algo inentendible para el estadounidense, acostumbrado al mensaje de unidad que caracteriza a la fecha. Muy familiar, sin embargo, para el latino, acostumbrado a que la polarización política infecte las solemnidades nacionales.

La economía de los EE.UU. sigue boyante. Acaba de celebrar el más largo período de crecimiento de su historia (diez años y contando), con creación de empleo récord (224 mil solo en junio) y desempleo en el suelo (3,7%). ¿La guerra comercial? Todavía no ha hecho mella. Pero no hay que confiarse, los riesgos vienen en alza. Para cualquier latinoamericano las señales son claras. La disfuncionalidad y polarización de la clase política estadounidense son una reminiscencia de los problemas que explican el subdesarrollo en el sur del continente. El actuar del Presidente republicano es un ejemplo, pero también lo es el avance entre los demócratas de una izquierda extrema, con propuestas añejas e improvisadas.

Quién lo hubiese anticipado. Este 4 de Julio nos dejó una lección alarmante: Estados Unidos está haciendo sentir a los latinoamericanos residentes cada vez más como en casa.

Columna publicada en El Mercurio