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Columnas

09 Junio 2019 | Sergio Urzúa | Desarrollo

Un abrazo sanador

Este Roland Garros fue el último torneo del tenista Nicolas Mahut. La derrota en tercera ronda marcó su retiro. No le voy a contar del partido, sino de la extraordinaria situación que ocurrió segundos después de su final. Un Mahut derrotado y con los ojos llenos de lágrimas vio cómo desde las gradas raudo bajaba su hijo de siete años. La carrera del menor terminó con un largo abrazo con su acongojado padre. Su rival, el argentino Leonardo Mayer, no aguantó las lágrimas de emoción. El público aplaudió a rabiar. ¿Lección a sacar?

Durante el último tiempo ha habido una interesante discusión respecto de los problemas que sufren las sociedades modernas. Mientras las dudas conceptuales frente a los modelos de desarrollo que sustentan las democracias liberales han puesto la música del debate, la letra (y números) ha sido proporcionada por la preocupante evidencia generada desde el Primer Mundo. Estudios han mostrado, por ejemplo, que parte de la población estadounidense enfrenta peores condiciones de vida que las de sus padres. La acumulación de obstáculos y brechas estaría tras el retroceso, pero la amplificación de la problemática viviría en la creciente soledad crónica, un resultado del galopante individualismo.

En esta saga, sin embargo, hay un tema que tendemos a obviar. Tiene que ver indirectamente con lo que David Brooks, en su último libro, The Second Mountain, identifica como el factor esencial tras la realización personal en los tiempos que corren, esto es, nuestra capacidad para elegir y ejecutar bien las obligaciones que definen nuestra vida. ¿La fuente más importante de tales compromisos? Apuesto por la pareja y la familia. Dicho círculo esencial nos obliga a aprovechar las oportunidades, controlar nuestros egos, tirar nuestros cables a tierra, frenar el individualismo y cultivar el amor por el prójimo. Por eso el aplazamiento de la construcción de esa comunidad fundamental, fenómeno tan común en las nuevas generaciones, emerge como un peligroso caldo de cultivo frente a los gérmenes y dificultades que trae el progreso.

Y Chile, por cierto, no está ajeno a este riesgo. Las cifras dan cuenta, por ejemplo, de una creciente soledad, un aumento en la edad del matrimonio y un retraso de la maternidad. De hecho, el Congreso Nacional refleja parte de la tendencia local. Mientras entre 2010 y 2014 el 75% de la/os diputada/os (edad promedio 50,6 años) reportaba tener al menos un hijo, hoy la cifra está en torno al 56% (edad promedio 45,6).

El progreso de las democracias liberales ha permitido un inmenso aumento en el bienestar. Pero hubo distracción. Los indefensos frente a los desafíos de la modernidad van endógenamente en aumento. ¿Cómo nos blindamos? Invirtiendo en lo que hemos descuidado. No importa si es en el tenis, la política o cualquier actividad; frente a una dificultad o un mal día, pongo las fichas donde las puso Mahut: en el poder preventivo de un abrazo que nace del amor más incondicional. Cultivar esa esencia es la clave del desarrollo.

Columna publicada en El Mercurio