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Columnas

Un mundo raro

Hace mucho tiempo un inversionista norteamericano con experiencia en mercados emergentes me hizo un comentario que hoy parece obvio, pero que en ese momento no lo era. En estos mercados, me explicó, analizar los estados de resultados de las empresas o mirar los indicadores financieros que se usan en los países desarrollados (Ebitda, niveles de apalancamiento, participación de mercado, o la eterna lista de cuocientes que fascinan a los analistas) es irrelevante. Lo único relevante es el riesgo político y regulatorio, es decir, cambios violentos en las reglas del juego que pueden afectar el panorama económico. El que no entiende esto, añadió, es mejor que no invierta en estos mercados. El problema es que en este último tiempo el mundo entero se ha transformado en un mercado emergente.

El Brexit y el separatismo catalán son los dos ejemplos más claros de cómo factores políticos pueden tener repercusiones económicas importantes. El Brexit no fue anticipado ni por los analistas financieros ni las encuestas previas, ni tampoco por el mercado de monedas (las opciones sobre monedas le dieron al Brexit una probabilidad cercana al 20%). Sin embargo, en términos reales, la influencia del Brexit en la economía y finanzas inglesas será duradera y transformadora. Algo similar sucedió en Cataluña. El resultado del plebiscito fue inequívoco: después de este más de 3.000 empresas han dejado la región y el turismo ha disminuido (las reservas de hoteles para 2018 registran una baja del 10% con relación al año anterior). Y el hecho de que Puigdemont (el líder secesionista catalán) se encuentre refugiado en Bélgica, no hace más que recordar a los generales africanos o latinoamericanos que después de un golpe de Estado fallido huían a un país vecino.

Otro paralelo: hace unos días la admisión por parte de PPK de haber recibido pagos de Odebrecht impactó a la bolsa peruana, que bajó casi 3% en el curso de unas horas, si bien después se recuperó parcialmente. Curiosamente, un poco más al norte y con pocos días de diferencia, ocurría algo similar. Cuando Michael Flynn, un colaborador cercano a Trump que se había desempeñado como asesor de seguridad nacional se declaró culpable de haber mentido al FBI en relación con sus contactos con agentes del Gobierno ruso, el Dow Jones cayó en casi 400 puntos en unos minutos; y el VIX (un índice de volatilidad que refleja el nivel de pánico en los mercados) subió en 29%. Al poco tiempo, al igual que en el caso peruano, ambos índices se recuperaron.

Si bien muchos apuntan a que la bolsa norteamericana ha subido más de 15% este último año (lo que habría que interpretar como una aprobación a la gestión de Trump), no hay que ignorar lo que dice el USDX. Este índice, que refleja el valor del dólar con relación a una canasta de monedas, se ha deteriorado casi 10% desde que Trump ganó la elección. Y el reciente colapso del Dow Jones, por muy temporal que haya sido, es evidencia de un equilibrio precario e inestable, y un nerviosismo poco usual.

Agreguemos AHORA el factor sicológico, o la salud mental del gobernante. Especulaciones sobre la paranoia de Gadafi, el dictador libio, eran habituales. Como eran habituales comentarios sobre la locura del ex Presidente de Ecuador Abdalá Bucaram (de hecho, el Congreso lo destituyó invocando la cláusula de incapacidad mental). Pues bien, que el libro “The dangerous case of Donald Trump: 27 psychiatrists and mental health experts assess a President” se haya convertido en best seller es un nuevo estándar de surrealismo hasta ahora ajeno a los mercados desarrollados.

A este inquietante y creciente grado de similitud entre los mercados emergentes y desarrollados hay que agregar un último factor, el influyente rol del Estado como gestor de carteras en las economías del primer mundo. Antes de la crisis subprime (2007-2008) el banco central japonés tenía una hoja de balance igual al 20% del PIB (hoy supera el 100%). En el caso de la Fed y el Banco Central Europeo la variación ha sido de un 10% a valores que superan el 25%. Con todo, los bancos centrales importantes (EEUU, Japón, Inglaterra, Europa y Suiza) manejan activos por aproximadamente US$18 trillones (en nomenclatura anglosajona) comparado con sólo US$6 trillones antes de la crisis. Si a esta cantidad se suman los fondos soberanos (US$7 trillones), podemos ver que los estados manejan activos comparables al tamaño del mercado bursátil estadounidense (US$25 trillones). Es decir -Marx estaría feliz- la crisis subprime transformó al Estado en el gran actor de los mercados financieros desarrollados, y disminuyó sustancialmente el rol del sector privado.

Finalmente, a raíz de la crisis subprime la economía mundial vivió un “Minsky moment” (caída drástica en el valor de algunos activos gatillada por endeudamiento excesivo). Ahora la situación es más simple, la economía vive un “José Alfredo Jiménez moment” (“Un mundo raro”).

Columna publicada en el diario Pulso.